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Tregua



El sueño se repite una vez más. Despierto agitada y con la garganta seca, un leve dolor en el estómago y las manos acalambradas de tanto apretar. Sólo es ansiedad, sólo eso. Aunque también es deseo, y es recuerdo. Vuelve siempre la misma imagen, aquella escena imborrable de una noche calurosa en el Nilo.

Él está sentado a un costado, casi enfrentado a mí, con su pierna derecha doblada sujetada entre sus brazos y su pie descalzo sobre el almohadón, sumergido con todo su peso en un verde satén, tan bello y moreno que incita a acariciarlo, al pie, y a él también. Hablaba bajo y arrastraba las palabras, casi un susurro, sin dejar de mirarme con sus negros ojos asomados al borde plateado de sus lentes, mientras lo hacía jugaba infantilmente con los dedos de su pie. Este pequeño gesto me distraía de lo que él decía y a la vez me atraía hacia él de un modo inexplicable. Ese color moreno aceitunado de su piel contrasta mágicamente con el blanco inmaculado de su shilaba, su pie delgado, de dedos largos y uñas cuidadas, casi femenino, y a la vez, tan irresistiblemente seductor. Siguió hablando, no recuerdo sobre qué, y yo respondía y mientras lo hacía imaginaba a ese hombre entrando a hurtadillas en mi camarote y cerrando con llave tras de sí.

Lo tengo cerca, tan cerca que me llega su calor, la tibieza de su cuerpo me roza y mi piel se eriza como si me hubiera acariciado. Deslizo la shilaba por su cabeza y sus brazos extendidos hasta dejar su torso desnudo al descubierto, apoyo mi cabeza en él y deseo con todas mis fuerzas que este instante se eternice o que, mejor aún, se repita una y mil veces hasta el fin de los días, que todas las noches de mi vida él entre en mi cuarto, cierre la puerta detrás suyo y se deje desnudar como un niño indefenso y a la vez deseoso de ser acariciado, que yo descubra lentamente su cuerpo apenas brilloso por el sudor, sus músculos levemente dibujados y su torso lampiño como el de un adolescente, sin serlo. Bello contraste entre lo viril y lo femenino que me seduce e inquieta. Bajo su shilaba sólo su piel, todo él desnudo frente a mí, vulnerable y triunfante a la vez, vencedor y vencido. Mi ropa comienza a caer una a una hasta quedar mi piel junto a la suya. Sus manos comienzan a recorrerme seguidas de sus labios, secos y cálidos en un  comienzo, transformados en una boca húmeda y devoradora luego. Un destello de luna se filtra por la ventana y el reflejo del río ilumina su cara, por momentos plateada y en otros profundamente oscura como la noche. Susurra algo en mis oídos, no entiendo las palabras que dice pero no dudo del sentido. Soy su mujer por una noche, miles de kilómetros se acortan a la precisa distancia del largo de nuestros brazos y nuestras piernas. El idioma no es un impedimento para comunicarnos, al contrario, nos libera para decir todo aquello que sentimos y deseamos sin prejuicios ni tapujos. Nuestros dioses acordaron tregua por unas horas liberando a estos cuerpos para que se fundan en uno, místico y profundo, espiritual y carnal a la vez, sin importar dogmas ni odios. Sólo la vida domina en el cuarto. El deseo y la pasión por vivir más y mejor, por vivir por el otro y por uno mismo.

La claridad es mayor, amanece. Un reflejo rosado tiñe las aguas y él se levanta despacio, desliza su vestido por la cabeza y como en cascada su cuerpo se cubre de blanco, los destellos de su río juegan en sus ojos y en sus manos.

Nos vemos luego le digo.

In-sha Alá responde.

 


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